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Historia (no autorizada) de Cuba El Pollo

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Historia (no autorizada) de Cuba El Pollo

Messaggio Da arcoiris il Lun 17 Mar 2014 - 23:15



EL POLLO (1). 1993.

No sé si habrán notado que los cuentos ahora son muy directos, muy a decir lo que tienen que decir, muy bang, al asunto enseguidita. Antes los cuentos eran diferentes. ¿Alguna vez te fijaste en la cantidad de vueltas que daba Edgard Allan Poe, por ejemplo, antes de entrar en materia? Y ese sí que era un gran cuentista, capaz de pararle los pelos de la nuca a cualquiera. Es por eso que yo me empeño en comenzar mis cuentos la mayoría de las veces con una disquisición que no le entre al tema de manera muy frontal, sino que me gusta empezar con algo que toque el argumento sólo, digamos, de refilón. Por ejemplo, decir que mi esposa me envía un correo electrónico desde Ginebra y me relata que ha cenado en un restaurant tan lujoso como los que existen en otras ciudades europeas y tan caro como sólo pueden existir en Ginebra. Pero lo que me cuenta como una rareza no es que comió, sino que comió medallones de avestruz y que tenían un sabor delicioso.

Está revelación hará que yo exclame: “¡¿Avestruz?!... ¡no jodas! Yo pensaba que eso nada más pasaba en Cuba”; es mi exclamación y cualquiera que lo lea debe tener muy en cuenta los signos de admiración que he colocado porque en esos momentos yo estaba realmente muy admirado. “¿Qué?”, me pregunta ella, de profesión canadiense y traductora de nacimiento, segura de que en Cuba pueden pasar muchas cosas, pero algunas diferencias tendrán con respecto a las que ocurren en Ginebra, ciudad tan conocida por su fidelidad con los derechos humanos. No responderé a esa pregunta de ella. O sea, quiero decir que me parece que ya es suficiente con las disquisiciones, ¿no? Por lo tanto, después de esta ya tan larga introducción deberé comenzar con la elaboración de la obra literaria como tal, con la única condición de que la misma tenga como elementos a Cuba y el exquisito sabor del avestruz.

Para el inicio se puede intercalar el antecedente de que este cuento aconteció en la realidad cotidiana de Cuba entre los días finales de 1993 y los primeros de 1994, fechas estas de fiestas tradicionales, y en pleno período especial.

Digamos que los protagonistas son una familia numerosa y algunos amigos, de esos que son como de la familia, también numerosos. Y la historia parece tener su fundamento en cierto adagio que posee numerosas versiones, todas las cuales se resumen en el concepto de que: “no siempre que las condiciones se presentan desfavorables uno tiene que darse por vencido, sino todo lo contrario”; de manera que nuestros héroes, porque eran poco más de una docena, se colocaron entre ceja y ceja otro refrán que reza: “al mal tiempo, buena cara” y se dispusieron a celebrar la llegada de 1994 con una fiesta en la que no faltaría el entusiasmo y el ron. El primero lo pondrían ellos, en cuanto al segundo, francamente, era una de las poquísimas cosas que se podían conseguir en cantidades apreciables y con relativa facilidad en esos difíciles momentos, aunque la calidad del mismo fuera, invariablemente, más que dudosa.

Las primeras horas de la fiesta podría decirse que transcurrieron sin penas ni glorias; pero no, esa es una frase demasiado usada ya. Tal vez sería más exacto afirmar que se sucedieron con la música y la algarabía propia de cualquier festejo cubano y el ascenso lento pero constante del nivel de alcohol en la sangre de los invitados. Y probablemente nada habría sucedido si la celebración hubiera abarcado sólo el lógico período de una noche y parte de la madrugada siguiente. Pero quién les dice a ustedes que nuestros héroes, para su desgracia decidieron, ellos solitos, seguir con la rumba por segundo día consecutivo. Fue entonces que, a las once de la mañana del primero de enero de 1994 uno de los presentes propuso que debían resolver algo para comer; pero algo que fuera suficiente para satisfacer a todos los convidados. No sé si será preciso que me detenga por un momento en el significado del verbo “resolver” en la Cuba de la segunda mitad del siglo XX. Ese verbo, que antes tuviera significado casi exclusivamente en las matemáticas, se había convertido en la palabra para nombrar la más importante de las acciones, es más, este verbo implicaba toda una actitud ante la vida. Era, nada más y nada menos, el término que se oponía por naturaleza al sustantivo “dificultad”.

Oh, creo que en mi prisa por entrar en el cuerpo del relato, he dejado fuera un antecedente importante. Se trata de la situación geográfica que, dentro de La Habana, ocupaban los personajes de mi cuento y la locación en que se desarrollaba la fiesta. Resulta que ellos se encontraban en una zona, entre el Cerro y Nuevo Vedado; en un lugar peligrosamente cercano, podríamos decir que terriblemente aledaño, al Jardín Zoológico de La Habana, ese tan conocido como el zoológico de 26. Téngase en cuenta que eso de calificar la cercanía con el parque con adverbios tan peligrosos y terribles no es un efectismo literario gratuito, ¿estamos? Es que es esa proximidad al parque lo que dará visos de tragedia a este relato.

Saltar la cerca no fue difícil.

Capturar la presa tuvo sus complejidades, pero se ejecutó sin grandes contratiempos gracias a la colaboración de los cinco invitados más fuertes y hábiles. Transportar el animal hasta la casa no fue largo y cocinarlo fue relativamente fácil para las mujeres.

A las seis de la tarde la mesa estaba servida y el banquete fue suculento. Incluso los niños, a los que con frecuencia hay que obligar, “se la comieron toda” como se dice popularmente. Para los mayores fue una sorpresa que aquello, que nunca antes habían tenido oportunidad de comer, tuviera un sabor tan exquisito.

No me digan que todavía no imaginan de qué se trata.

Exacto. Ni más ni menos que eso que están imaginando. Pero la historia tuvo un final nada emocionante. Dos días después de comerse el único avestruz que se exhibía en el Zoológico de 26, los comensales le habían contado a todos los amigos y vecinos de la degustación de aquel pollo grande que tan bien les había sabido. Y por mucho que les explicaran no comprendían por qué el juez les habló de que se trataba de un gravísimo crimen de lesa cultura por haber sacrificado el único ejemplar de esa especie exótica existente en el parque. No podían comprender a qué venía tanta algarabía si lo único que habían hecho era robarse un pollo, grande, es cierto, pero un pollo al fin y al cabo.

(1) Este cuento nunca se llegó a discutir en las sesiones del taller literario de uno de los municipios de Ciudad de la Habana. Pero es incierto que el debate de este cuento se suspendiera porque fuera censurado. La cancelación del análisis tuvo lugar porque el asesor principal de dicho taller literario se había ido del país en una balsa la tarde anterior. No voy a revelar el nombre del municipio ni el del taller literario por cortesía. (N del A)

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